Blog dedicado a la biografía breve de personajes destacados y curiosos de la provincia de Guadalajara, hasta el siglo XX, por Tomás Gismera Velasco.-correo: atienzadelosjuglares@gmail.com

martes, julio 11, 2017

TIRSO DE OBREGON Y PIERRÁ El barítono de Molina, de Molina de Aragón



TIRSO DE OBREGON Y PIERRÁ
El barítono de Molina, de Molina de Aragón

Tomás Gismera Velasco

   El 28 de enero de 1832 nació en Molina de Aragón don Tirso de Obregón y de Pierrá, hijo de don Juan de la Cruz de Obregón y de Velázquez, y de doña Carmen de Pierrá y de Yébenes. Ilustres nombres y no menos ilustres apellidos en la Molina de Aragón, provincia de Guadalajara, de aquellos tiempos. Tiempos en los que Molina, como tantas otras localidades provinciales, se encontraba bien nutrida de apellidos ilustres, antes de que estos dejasen el campo por la ciudad.



   Y es que sus padres, los de don Tirso, como nos recordase aquel molinés que tanto escribió, José Sanz y Díaz. pertenecían a la vieja nobleza. De cualquier manera, a nuestro Tirso le pusieron a estudiar una de esas materias que a pocos agrada, pero que a quienes lo hace, les colma de bienes: matemáticas. Cosa que no lo atrajo, dejando los números y las ingenierías a las que también lo propusieron, estancadas. Eligió la música y, no sin el consabido disgusto familiar, consintieron los sufridos padres en permitir su ingreso en el Real Conservatorio de Música y Declamación. Fue, en los años finales de la década de 1840 e inicios de la de 1850 uno de los alumnos más aventajados. De aquellos que encandilaban el sorprendente sentido musical de la reina, doña Isabel II, quien solía acudir con cierta frecuencia a escuchar a los niños cantores del Conservatorio, y a las niñas cantoras del Colegio del Marqués de Leganés, de donde salió la muy admirada Elena Sanz a quien dediqué esa novela que introduce en el mundo de la Ópera: “La Perla de París”.

   Al final, Tirso de Obregón se convirtió en un barítono como Elena Sanz en “La Favorita”, siendo considerado como uno de los mejores de la segunda mitad del siglo XIX. Uno de los mejores de cuantos se dedicaron a la ópera y a la zarzuela, debutando en Barcelona en 1854 con la obra “El dominó azul”.

   Cuatro años más tarde se presentaba en Madrid, en 1858, y su carrera iría en continuo ascenso, hasta convertirse en empresario de su propia compañía, tomando primeramente la dirección del Teatro Apolo, después el de la Zarzuela y más tarde el del Circo, antes de que este se convirtiese en el famoso “Price” de la madrileña plaza del Rey.



   Y aquí comenzó su otra leyenda, la de sus amores. Tirso tenía fama de conquistador, y mantuvo muy buenas relaciones con la Reina Isabel II, de ahí que en los mentideros madrileños se comentase que la amistad de ambos iba muchos más allá de sus coincidencias musicales. A nuestro don Tirso de Obregón lo ponen a la altura de los generales O´Donell y Narváez en los infinitos secretos de la alcoba real. Nunca sabremos la certeza de aquellas comidillas que se pasearon por los paseos madrileños y dieron la vuelta por las arboledas del Retiro. Lo que sé es cierto es que nuestro don Tirso, apagando aquellos fuegos, contrajo matrimonio con una de las señoritas más distinguidas del Madrid de la Villa y Corte del 1864, Isabel Sandino Gutiérrez del Palacio.

   El matrimonio fue uno de esos que pudieran pasar a ser texto de novela; cantarse en los entreactos teatrales y terminar en ópera de estreno de temporada en Real. Tres días duró. Ambos se dieron el sí quiero el 1 de febrero de aquel año. El día 4, Isabel sufría una de aquellas “muertes fulminantes” que llevaron al sepulcro su desconsolado amor. El paso de la comitiva fúnebre cortó las calles de Madrid, desde el domicilio familiar, en la calle de Fuencarral número 18, hasta la sacramental de San Ginés. Decenas de actores, e industriales, oficio del padre, acompañaron aquella triste comitiva que sumió en la más honda desesperación a nuestro ídolo.

      Quien fuese, además de Alcalde de Madrid, gran periodista, José Francos Rodríguez, dedicó unas cuantas líneas a nuestro paisano, diciéndonos de él: Como tenía gallarda figura, las damas, a quienes llamaban bonitas, cuántas veces se extasiaron ante el cantante oyéndole exclamar enternecido al compás de la música de Gaztambide:

¡Qué bella es la vida,
que el cielo nos dio!

   También, Francos Rodríguez, nos habla de su calidad lírica: barítono de voz excelente, sabía, cosa rara en los de su género, declamar con buena entonación y admirable sentido.



   Por lo que pasó a ser conocido como “actor-cantante-lírico”. Y su nombre, tan extendido por los teatros de media España, llegó a compartir cartel con los más grandes tenores, artistas y cantantes de su tiempo, con Antonio Vicó o Elisa Zamacois, Teresa Olivas, Vicente Caltañazor, Julián Romea,  Alejandro Cubero, e incluso con aquella Elena Sanz que pudo ser reina, cuando don Alfonso XII, luego de dejar el féretro de la reina Mercedes en el Escorial, se metió por los atajos para llegar cuanto antes al palacio de Riofrío, donde Elenita lo esperaba.

   Fue Director del Real Conservatorio de Música y Declamación, aunque las habladurías sobre sus continuas relaciones con la reina hicieron que fuese retirado del cargo. No sin antes serle impuesta la encomienda de Caballero de Carlos III, y ser nombrado Comendador de la Real Orden Americana de Isabel la Católica. ¿Premio a sus amores?

   Que se apagaron con un nuevo matrimonio. El que contrajo, en Molina de Aragón, el primero de septiembre de 1871, con Dionisia Bordonada y Huerta, de la familia de los López Pelegrín.

   Tres hijas y un hijo tuvo don Dionisia, Asunción, quien contrajo matrimonio con otro molinés ilustre, el doctor Mariano Muela. Carmen, quien casó con el conocido novelista Martin Lorenzo Coria;  y Concha. Tirso, el niño, falleció a los pocos meses de nacer, el 13 de julio de 1879.

   Una grave enfermedad le hizo retirarse del teatro, cargado de fortuna y honores. Abandonando Madrid y refugiándose en su casa de Molina de Aragón, dedicándose al ejercicio de la caridad.

   Por Madrid, dejaba coplas:

Subyuga tu voz divina
del público el corazón,
Gloria a Tirso de Obregón,
Gloria a Tirso de Molina,
de Molina de Aragón…

   Estreno a Gaztambide, a Arrieta, a Escosura. Fue, una figura en los grandes escenarios, en los que su nombre todavía se escucha entre líneas de novelas y sainetes.

   Falleció, dicen que perdida la razón, en Molina de Aragón, el 17 de marzo de 1889. Y, como escribiese nuestro buen Sanz y Díaz, “en parte alguna hay una lápida que lo recuerde”, a pesar de haber sido grande entre los grandes.

   La vida que, en ocasiones, es teatro. Puro teatro.

jueves, junio 29, 2017

LINO BUENO UTRILLA El de la Casa de Piedra



LINO BUENO UTRILLA
El de la Casa de Piedra

Tomás Gismera Velasco
   El 19 de julio de 1960, ante la casa roca de Alcolea del Pinar, a honra y gloria de Lino Bueno y de su mujer, Cándida Archilla, se reunió lo más granado de la provincia de Guadalajara, con sus mandamases al frente. Tras las palabras del Sr. Gobernador, del Sr. Obispo y del Sr. Presidente de la Excma. Diputación provincial habló el Cronista de la provincia, Francisco Layna, puesto que a su iniciativa se debía aquel acto:

   “Respetables Autoridades, Señoras y Señores…”

   El acto, en su parte principal, consistía en volver a situar sobre la fachada de la roca casa la placa que en su día se colocó y en otro mal día fue arrancada, recordando el paso por la misma del Rey Alfonso XIII cuando, de vuelta de Molina de Aragón, se sentó con Cándida y con Lino. Cándida y Lino le hablaron de la historia de su casa roca y, comiendo unos bollos de manteca que Cándida le sacó a Su Majestad, el Rey, tras cumplimentar con un “muy ricos”, la mano que los horneó, se deshizo en elogios hacia el trabajo de aquel hombre que, de la roca, sacó una casa.



   Eran, más o menos, las cinco de la tarde del martes 5 de junio de 1928 y el Rey, que conducía su propio coche, lo aparcó sin mayores problemas delante de la casa roca. Y como la visita estaba prevista, allí estaba medio pueblo, o el pueblo entero, con su alcalde, don Faustino Clemente, a la cabeza. Antes de atender a los saludos Su Majestad, muy dado a eso de los coches, se quejó de que la dirección del vehículo tenía cierta holgura, y mientras el mecánico se afanaba en corregir el defecto, don Alfonso procedió a la visita, que duró cosa de una hora, y al despedirse, tras la cata de los bollos, la visita a la roca y recibir las aclamaciones públicas asomado al balcón, entregó, según se cuenta, al bueno de Lino, un fajo de billetes de cien pesetas.

   Con el Rey llegaron el General Primo de Rivera y Martínez Anido, entre otros. De aquella visita salió la idea de instruir el expediente a fin de conceder a Lino la medalla del Trabajo, idea que partió, según cuentas, de Primo de Rivera.

   La cosa comenzó cuando, asunto de los tiempos, a Lino Bueno y a Cándida Archilla los desalojaron de su casa de toda la vida por falta de pago. Acudieron al alcalde del pueblo y este, con esa guasa que no hace gracia les concedió una casa. Claro, que se la tenían que hacer. Ahuecando la roca que el edil les mostró para lo que, además, a fin de que tuviesen con qué afilar picos y punteros, les dio 10 pesetas. Era el 18 de marzo de 1907 cuando comenzó la obra, y contaba Lino con una sana edad, 58 años. Diecisiete después, cuando Lino contaba con 72, la casa estaba habitable. Tanto que a alguien en el municipio se le ocurrió reclamar la propiedad municipal.



   La vida de Lino Bueno, hasta asentarse en Alcolea, fue de un andurreo constante: A los cinco años me quedé huérfano, y como no tenía hacienda ni nadie que me recogiera me tuve que echar a pedir limosna.  He andao de pueblo en pueblo comiendo un pedazo de pan, si me lo daban y si no, en ayunas. Siempre he sido pobre, sin un pedazo de tierra mío, ni un mal chozo donde cobijarme, pobre, pobre…

   Tanto que fue el hazmerreír de Alcolea del Pinar (de Medinaceli entonces) durante muchos años. No cabe la menor duda, ya que a lo largo de unos cuantos el pueblo fue pasando por delante de la piedra para ver como el “Torralba”, que así lo llamaban, se afanaba en dar forma a la vivienda. Hasta que la  provincia descubrió la obra cuando por una de aquellas casualidades alguien pasó por delante, camino de Barcelona, le llamó la atención, retrató la obra y la sacó en la prensa. Corría el verano de 1920. Entonces comenzó la fama.

   Unos años antes de que el Rey se parase a ver la casa y probar los bollos, cuando ya Lino comenzaba a dar síntomas de agotamiento, y cuando ya su obra era conocida en media España, don Antonio Lleó, Inspector de Trabajo de Guadalajara, propuso al entonces Instituto Nacional de Previsión que se concediese a Lino Bueno una pensión con la que poder subsistir hasta el final de sus días. Ocurría en el mes de marzo de 1925. Dos años antes, en 1923, un tal Juan de Galicia, seudónimo del que no conocemos identidad, solicitó del Sr. Conde de Romanones eso mismo, la pensión y el reconocimiento: mil o mil quinientas pesetas anuales. Pero el Conde tenía asuntos más importantes a los que atender.



   El Instituto respondió que sí al Sr. Lleó, que le pondrían una paga, pero modesta, o acorde a los tiempos, pensión que podría aumentarse si, llegado el caso, la provincia se animase a igualar la cantidad que el Estado aportaría y, ni corto ni perezoso, don Antonio Lleó se dirigió a toda la prensa provincial a fin de abrir una suscripción popular por la que se logró que la familia tuviese una pensión de una peseta diaria. La cartilla con el dinero de la pensión, acompañado del homenaje popular, se le entregó el 22 de julio de ese año, con el añadido de que, igualmente, se le hacía entrega del título de propiedad de la roca casa. En pocas ocasiones anteriores se había visto Alcolea del Pinar tan engalanada para recibir al Sr. Gobernador; al Subdirector del Instituto de Previsión; al presidente de la Diputación, e incluso a don Hilario Yabén, en representación del Sr. Obispo de la diócesis.

   Lino Bueno, que tan popular llegó a hacerse en toda España, no era natural de Guadalajara. Había nacido en el pueblo soriano de Esteras de Medinaceli, aunque a la hora de su muerte ya se le conocía como “Lino el de Alcolea”. Atrás había quedado lo de “Torralba”, y las risas de quienes pensaron que su sueño quedaría en eso, en un  sueño. Para entonces, todo era admiración. La noticia de su muerte ocupó portada en muchos medios de prensa con aquella otra que decía que en un lugar de la lejana Colombia, un famoso cantante de tangos, Carlos Gardel, había muerto también, en un accidente de aviación; la noticia salió al mundo el 25 de junio de 1935. Contaba Lino Bueno con ochenta y tres años de edad.

   Lino Bueno, que no se cansaba de contar como comenzó su obra:

   -… la gente me decía: “¿pero pa qué pica usté ahí?”; y yo contestaba: “Pos que me quiero hacer una casa”. “¿Una casa ahí, en la piedra”? “Sí –decía yo”. Y entonces las gentes se reían y se iban por el pueblo diciendo: “El tio Lino ha de estar loco, pues no se ha puesto a picar en una piedra pa hacerse una casa dentro…” Pero yo no hacía caso de hablás. Yo, como si no,  pica que te pica…

   Su mujer, Cándida, todavía vivió hasta los primeros años de la década de 1950. Y como su marido murió en la casa que se labraron a fuerza de tesón. Cándida, como alguna de sus hijas, vivía ya de la pequeña pensión que le quedó al morir su marido, y de las propinas que dejaban quienes, desde los lejanos años 30, visitaban la famosa casa que a tantos insignes personajes ha visto pasar, desde los reyes que a lo largo del siglo XX en España fueron, hasta los literatos que, como Enrique Jardiel Poncela, se tomaban la vida a broma.



   Una casa, y un hombre, con historias curiosas, tanto que formaron parte de una sesión de la Real Academia de la Historia. Alguien contó a su entonces presidente, el duque de Alba, que aquella casa cueva, más bien caverna troglodítica… En diciembre de 1935 se comisionó al académico Sr. Obermaier (Hugo Obermaier) para que acompañado de los correspondientes señores académicos e inspectores de la Cátedra de Historia Primitiva de la Universidad Central de Madrid procediesen a la conveniente inspección. El Sr. Obermaier informó a la Academia que “no existen pinturas rupestres, ni antigüedades prehistórica en la casa cueva de Alcolea del Pinar”.

   Contar cómo es la casa roca sobra, puesto que es sobradamente conocida. Incluso para la Real Academia de la Historia. Los pequeños detalles pasan, en muchas ocasiones, desapercibidos, o se amoldan a la idea y pluma de cada cual. El recuerdo de Lino Bueno aquí queda. ¡Paso al héroe, saludémosle!, escribió un sesudo periodista en el lejano invierno de 1925.


   Y concluyó su discurso el Sr. Layna, aquel 19 de julio de 1960: … cobrarán bríos quienes se desanimen, al considerar cuánto puede lograrse mediante el trabajo honrado al servicio de la laboriosidad y la perseverancia. ¡He dicho!

miércoles, mayo 24, 2017

JUSTO S. LÓPEZ DE GOMARA Brihuega en el corazón



JUSTO S. LÓPEZ DE GOMARA
Brihuega en el corazón

Tomás Gismera Velasco

   Don Justo S. López de Gomara, como nuestro personaje ha pasado a la historia de Argentina, se llamaba en realidad Justo Sanjurjo López, apellidos que con el tiempo transformaría; el Sanjurjo de su padre por la incógnita S. Al López, primer apellido materno, añadiría el segundo, el Gomara. Dos apellidos ilustres en los últimos doscientos años de la vida de Brihuega, en el corazón de la Alcarria.

   Pero don Justo no nació en Brihuega, sino en Madrid, en la calle de Toledo. Sucedía aquello, lo del nacimiento, el 6 de mayo de 1859. Tiempo de revoluciones.

Justo Sanjurjo. Brihuega en el corazón

    Su padre era un conocido médico gallego que desde Santiago de Compostela llegó a Madrid para abrirse camino; su madre, una de las hijas de don José López Bermejo, briocense ligado a las Reales Fábricas de Paños: por padrino en el bautismo tuvo, nada menos, que a don Eugenio Montero Ríos, compostelano amigo del padre y quien tantas cosas fuese en la política nacional, además de ser el segundo padre y poco menos que educador de nuestro buen don Justo. Su madre murió al poco del nacimiento del chiquillo y su padre dos o tres años después, con lo que nuestro amigo, antes de cumplir los diez años de edad, huérfano de padre y madre, se encontró metido, por decisión de Montero Ríos en uno de los más prestigiosos internados madrileños, el Instituto San Isidro.

   Que fue un rebelde, con causa, lo muestra su trayectoria. Puesto que harto de estudios, y obligado a licenciaturas que no le atraían, dedicó sus ratos de ocio a la poesía entre Madrid y Brihuega. A escribir largas composiciones a modo de fábulas para publicar en la prensa de la época; a gastar el capital heredado, cuando tuvo edad para hacerlo; y en sablear a los amigos cuando gastó el dinero propio. Hasta que recurrió a los prestamistas y usureros oficiales que, a cambio de sacar a uno del apuro lo arruinaban de por vida. Uno de sus últimos prestamistas, a la usura, Cayetano Granda de nombre, salió tan escaldado que dudamos que después de aquello no mirase con ocho ojos a quién prestaba. Dejó a nuestro buen Justo, con el aval del Sr. Alcalde de Madrid, el marqués de Torneros entonces, una importante cantidad de dinero que, lógicamente, no se devolvió. Entre otras cosas porque el usurero de cuentas debía de haber tenido presente que no podían hacerse préstamos a menores de edad. La cantidad, para aquellos tiempos, astronómica: cinco mil quinientas pesetas. En qué gastó aquellas fabulosas cantidades de dinero es algo que dejaremos al albur del lector.



   Con lo que nuestro amigo tomó las de Villadiego para salir de Madrid y asentarse en Gante, tierras de Bélgica. También es cierto que en la decisión estuvo el que, siendo republicano, no podía admitir la llegada al trono español de Alfonso XII, por supuesto que tampoco aceptó el cambio político de su padrino, de quien aprendió las ideas revolucionarias. La inmensa mayoría de sus amigos eran republicanos y también se exiliaron.

   Desde Bélgica tomó un barco con destino a Buenos Aires, con dinero prestado para el billete, a donde llegó el 2 de mayo de 1880, y como le dijeron a quien presentarse acudió al Centro Gallego de aquella capital en donde en aquellos momentos quien fuese en adelante su padrino se enfrentaba a una seria partida de cartas que terminó en duelo de pistolas, a muerte. Su padrino, ante quien debía de hablar, no era otro que don Enrique Romero Jiménez, el famoso “cura Romero”, quien fue señalado como uno de los instigadores de la Revolución de 1868, y era en el Buenos Aires de su exilio director del periódico “El Correo Español”; el otro personaje en discordia, y a su vez contrincante en aquellos momentos, no era menos famoso, José Paúl Angulo quien, según las malas lenguas, fue uno de los que dispararon a don Juan Prim.

Colocación de la primera piedra de Guaymallén
     Por aquello de si galgos o podencos, don José Paúl Angulo retó a don Enrique Romero Jiménez, y como no había nadie más aparente, Romero Jiménez pidió a nuestro don Justo que fuese uno de sus testigos, lo que aceptó; tomando el transbordador que llevase a los contrincantes a Montevideo, donde se dirimió la cuestión. En Buenos Aires estaban prohibidos los duelos.

   Romero Jiménez, por disparo a traición de Paúl Angulo, hombre acostumbrado a los duelos, resultó el perdedor y, antes de morir, pidió a don Justo que se hiciese cargo del periódico, y de su familia. Así llegó don Justo Sanjurjo, apenas desembarcado en la Argentina, a dirigir el periódico más prestigioso de aquella tierra. Un periódico que engrandeció, y en el que colaboraron los más insignes personajes del mundo de las letras hispanas.

   Al tiempo que dirigía aquel “Correo Español”, nuestro hombre, sentada la cabeza, se dedicó a escribir teatro, poesía y alguna novela histórica centrada en aquel continente, cuyo éxito recorrió una parte de Hispanoamérica. Y comenzó a imaginar aquel mundo que a veces los intelectos de corazón sueñan. El mundo imposible en el que todo es justo o casi perfecto. Comenzó a imaginar sus “locuras humanas”, que lo hicieron rico sin quererlo, y lo devolvieron a la pobreza en más de una ocasión.


   Pertenecía a esa generación de gentes que, como Blasco Ibáñez, soñaban una utopía imposible. Nuestro buen amigo siguió sus pasos, los de Blasco, fundando una ciudad en la que todo tenía que ser, sino perfecto, al menos justo: Guaymallén, en Mendoza. Fundó periódicos. Dirigió teatros, bancos y un buen número de empresas destinadas, principalmente, a compartir lo que él tenía  con los que no tenían nada. También se dedicó a aquello tan saludable de procurar el bienestar de aquellos hijos de la patria hispana que, en unos tiempos en los que en España se agonizaba por falta de pan y trabajo, veían en la emigración clandestina a la Argentina una salida para sus necesidades más vitales. Personas que, carentes incluso de documentación oficial, se veían destinados a ser carnaza de delito y presidio. Llegó a conseguir que en España Su Majestad el Rey decretase una especie de perdón para todos aquellos que habían emigrado sin papeles, y sin haber cumplido con la Patria, o sea, sin haber dedicado una parte de sus años al ejército español, tan gustoso entonces de las guerras coloniales. Lo mismo logró de los presidentes de allá: perdón, documentación y trabajos.

   Regresó a España, por vez primera desde su partida, en 1888, en viaje desde Buenos Aires a Barcelona y, como no podía ser menos, se pasó por Brihuega, donde, entre otras cosas, era propietario de un molino y copropietario, con su familia, de la fábrica de paños y, no lejos de allí, del castillo y monte de Anguíx, aunque su paso apenas se notó. Arregló los papeles que tenía que arreglar, que a eso vino, y volvió a marchar.

Visita de jacinto Benavente a Buenos Aires, 1906


   Su segunda vuelta tendría lugar en el año 1914, y en esta ocasión su viaje, desde su arribo a Sevilla, fue seguido por la mayoría de la prensa nacional. Para entonces había fundado en Argentina media docena de periódicos, una ciudad, dos o tres bancos, cincuenta o sesenta centros de emigrantes; influido en política, medrado en el nombramiento de presidentes y ministros… y levantado una casa familiar en Mar de Plata que llamó “Villa de Madrid”, de cuyos mástiles ondeaban las banderas de… Guadalajara y de Brihuega, a honra y gloria de la tierra de su madre. Y don Justo S. López de Gomara, interventor en aquellos manejos políticos de aquí pongo y allá quito, cuando se le ofreció un cargo de alta responsabilidad en los gobiernos argentinos, en pago a sus muchos favores, solicitó ser nombrado ¡Cónsul de Argentina en Guadalajara –España-¡ El primer y único cónsul que ha tenido Argentina en nuestra Guadalajara. Lo fue durante algún tiempo; hasta que un enemigo político descubrió que no vivía en Guadalajara –España-, sino en Buenos Aires.

   También, por entonces, había mediado, junto a otros paisanos de tierra hispana, para celebrar ese día de unión, significado en el 12 de octubre y que llamaron “El Día de la Raza”, y que desde sus pasos iniciales, en los comienzos del siglo XX, se fue engrandeciendo poco a poco hasta abarcar todo aquel Continente, y parte del europeo. 

La familia López de Gomara
   A Sevilla, en aquella segunda ocasión, llegó en un verdadero palacio flotante, el crucero “Infanta Isabel”. Llegó a Madrid; visitó Brihuega seguido por todo el pueblo, acudió a Santiago, a depositar unas flores en la tumba de su padrino, a quien enterraron el mismo día de su llegada; recorrió las provincias del Norte; lo recibieron las más altas personalidades del reino y hubo de salir de Europa precipitadamente ya que estalló la primera guerra europea y aquello podía cortar las comunicaciones entre uno y otro continente.

   Para entones, el “Correo Español” se había transformado en el “Diario Español”, en el que escribían las más altas personalidades de la pluma patria, desde Miguel de Unamuno a Andrés Mellado.

   Su vuelta a Buenos Aires coincidió con el inicio de las desgracias familiares; poco después de su regreso falleció uno de sus hijos; después una hija; luego uno de sus nietos. Años después su mujer, Mercedes Lugones, apellido íntimamente ligado a las letras argentinas y él, don Justo, comenzó a decaer para seguirla a la sepultura unos meses después. Presidía entonces, honoríficamente, más de cien centros de españoles en la Argentina, y su nombre iba unido a la beneficencia y la caridad, y a las poblaciones de Brihuega y Guadalajara, en España, donde nada lo recuerda porque como él solía decir, era español en la Argentina, y argentino en España.

   Murió en la ciudad que fundó, Guaymallén, el 12 de agosto de 1923, bajo la bandera de Guadalajara y pronunciando el nombre de Brihuega, por ser la patria de su madre; con el reconocimiento de toda aquella nación. Dejó escritos cerca de un centenar de obras de todo género, y su nombre forma parte de la historia de la literatura argentina. Su entierro fue una auténtica manifestación de duelo, puesto que muchos españoles se trasladaron al lugar del óbito cuando conocieron la noticia.

Camino de su último homenaje
   Aunque su nombre se perdió en el bullicio del tiempo, que hace olvidar tantas cosas, todavía, en el parque del Retiro de Madrid se puede leer, en una placa monumento que se levantó años después de la muerte de nuestro personaje, el 12 de octubre de 1928, el decreto por el que el 12 de octubre pasó a ser “El Día de la Hispanidad”. Como invitados excepcionales al acto figuraron su hijo mayor, Justo Sanjurjo Lugones, y quien fuese presidente de la Argentina, Hipólito de Irigoyen, firmante del decreto y por cuyo nombre el monumento es conocido. 

   Su biografía da para mucho más que uno de sus más famosos libros: “Locuras humanas”.  El primer, y único, cónsul que ha tenido Argentina en la ciudad de Guadalajara (España), y que llevó a esta provincia y a Brihuega en el corazón. Cuando le concedieron el honor de serlo, cónsul, dijo que hubiera preferido serlo de Argentina en Brihuega, pero el honor le parecía excesivo. Y es que está claro, quienes se ven obligados a dejar la tierra que aman, se la llevan pegada junto al corazón.

martes, mayo 23, 2017

CRONISTAS PROVINCIALES DE GUADALAJARA: MANUEL SERRANO SANZ Y FRANCISCO LAYNA SERRANO

CRONISTAS PROVINCIALES DE GUADALAJARA: MANUEL SERRANO SANZ Y FRANCISCO LAYNA SERRANO


Manuel Serrano Sanz y Francisco Layna Serrano ocuparon los puestos 3º y 4º en el orden de los Cronistas provinciales de Guadalajara, nombrados por su Diputación provincial.

   Don Manuel Serrano Sanz, Catedrático de Historia en la Universidad de Zaragoza, perteneció al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, en el que, en Madrid y su Biblioteca Nacional, comenzó su labor investigadora.

Nació en Ruguilla (Guadalajara), el 1 de junio de 1866 y murió en Madrid, el 6 de noviembre de 1932, dejando escritas y publicadas más de cien obras, principalmente sobre historia de América, siendo reconocido como uno de los primeros escritores americanistas.




A su fallecimiento fue nombrado para sucederle en el cargo de Cronista provincial s sobrino, Francisco Layna Serrano, quien habá nacido en Luzón (Guadalajara), el 27 de junio de 1893.

Desempeñó el carg hasta su fallecimiento, el 8 de mayo de 1871, en Madrid, siendo enterrado al día siguiente en Guadalajara.

Se licenció en Otorrinolaringología en Madrid, donde desempeñó su carrera, dejando para la historia de Guadalajara diez volúmenes en los que se condensa su obra histórico-literaria, además de decenas de estudios y trabajos publicados principalmente en prensa.

Es el historiador más reconocido de la provincia de Guadalajara, a lo largo del siglo XX.

Las vidas y obras de ambos cronistas se trazan en estas obras que hacen memoria, y recuerdo, de sus personas, y su talante histórico y literario.

viernes, mayo 05, 2017

JUAN BRAVO. ENTRE ATIENZA Y VILLALAR

JUAN BRAVO
Entre Atienza y Villalar




Tomás Gismera Velasco

El libro, pulsando aquí
¡Qué días más duros, los de Villalar!

  Un cielo gris de plomo se cernía la mañana del 24 de abril de 1521 sobre los campos de Castilla, y los de Valladolid, y los de Villalar, y ensombrecía los de Atienza cuando estaba a punto de cumplirse la venganza de quienes vencen una guerra. Porque la victoria en la guerra, sin venganza, no es victoria. Siempre ha sucedido desde que el hombre es hombre y mundo el mundo, y continuará sucediendo hasta que deje de serlo.

   Olía, todavía, a tierra mojada. Aquel día ni la tierra la agradecía ni los campos la pidieron. En ellos, en el embarrado camino de la gloria y la muerte, quedaron los cañones de los perdedores. ¿Cabía mayor razón para imaginar que Dios Nuestro Señor estaba del lado de…?

   La hora era la del final. El comienzo estuvo muy lejos de allí; de aquellos barros que llegaban en Villalar hasta las rodillas y que no impidieron que en su plaza, a gloria de Dios Señor nuestro, se levantase un patíbulo, con prisas y ejemplar. Para que Castilla, y los castellanos alborotadores, supiesen que en Castilla, desde hacía no mucho, pero en Castilla, gobernaban esas gentes cuyos nombres tan espinoso resultaba repetir puesto que llegaban de allende las fronteras. De tierras que, por estar tan a desmano, nunca se pudo imaginar la gente de Soria, de Berlanga, de Sigüenza o de Atienza, que uno de los suyos fuese a ser aquel 24 de abril, el primero en perder la cabeza.


El Castillo de Atienza. Lugar de Nacimiento de Juan Bravo


   La estampa del impresionante castillo de Atienza. La Torre de los Infantes, lo había visto nacer, si es que, salvada sea la licencia, las piedras y las torres y los horizontes que se pierden más allá de lo que alcanzan nuestros ojos, pueden ver.

   Allí, entre los muros de la fortaleza de Atienza nació Juan Bravo de Mendoza poco después de que su padre llegase acompañando al alcaide del castillo, su hermano Garci. ¡Qué historia, y qué sucesos los de aquellos tiempos en los que se batallaba por un palmo más de tierra para gloria real, y del apellido!

   Los Bravo de Laguna procedían de tierras de Soria, pasaron a Sigüenza y en Sigüenza recibieron la orden de la conquista del castillo de Atienza, que lo hicieron, a escala. Conquistaron el castillo, sin sangre, dice la historia, para la reina Isabel. Su Alteza los nombró a perpetuidad alcaides de la fortaleza en un tiempo en el que la vida y la muerte rodaban sin la pesadez de la rueda de un carretón atascado en el barro…


La rendición de los Comuneros. Manuel Pícolo


   En la Torre de los Infantes del castillo de Atienza, cuando Atienza era parte importante del reino y dominaban sus torres una parte de la vieja Castilla, por Soria; y otra de la nueva castellanía, por Guadalajara. Corría el año de 1484 u 83… Su padre, don Gonzalo, heredó de su hermano, don García, la alcaidía del castillo, que no pudo regir. Don García murió, como héroe, en la rota de Gibraltaro, sus restos, en procesión dolente, llegaron a Atienza mucho tiempo después, para reposar a la eternidad. En 1494: “Aquí yacen los restos del muy alto y noble caballero…” rezaba su lauda sepulcral en el convento de San Francisco; junto a los de su yerno, Diego López de Medrano, y su mujer, y sus hijas…

   Los de su hermano, el nuevo alcaide, tomaron el camino de Berlanga, su origen: “Aquí yacen los restos del muy noble caballero don Gonzalo Bravo de Laguna, alcaide que fue de Atienza, y que murió en Córdoba, en el mes de agosto…”  Reza su lauda en la Colegiata de Berlanga.

   La muerte del padre daba la alcaidía del castillo al heredero, Juan Bravo de Mendoza. Demasiado joven para ostentar un cargo de tamaña responsabilidad. La reina, en pago de servicios, acogió en su corte a toda la familia; a los Medrano, a los Bravo de Laguna; a Juan, a Catalina, a Magdalena, a Gonzalo…

   Y a la viuda de don Gonzalo la volvieron a casar y tomó el camino de Burgos en pos del malnacido García Sarmiento. Sin olvidar que en Atienza dejaban casas, tierras y salinas.


Antonio Gisbert. La ejecución de los Comuneros

   La vida, que es como el río que discurre plácido en tiempo de bonanza, y alborotado cuando los deshielos de las cumbres colman sus cauces, llevó a Juan Bravo a servir a su católica alteza; y a contraer un primer matrimonio con Catalina del Río, y un segundo con María Coronel. Una y otra, de la burguesía segoviana que empapó su sangre con la de las culturas que aquella tierra pisaron, judíos, moros y cristianos. Cuando de Gante llegó un nuevo rey que impuso sus leyes, y a sus hombres. Y aquellos segundones de casas nobles quedaban relegados al olvido y fundaron la “confederación de caballeros comuneros”, que los llevó a pedir a la reina cautiva, Juana I de Castilla que, por Castilla, que por ellos también, tomase las riendas del reino. Y la reina Juana, a quien el mundo consideró loca, respetando la voluntad del hijo se negó a  tomarlas.

   Se alzaron las ciudades al grito de los comuneros: ¡Por Santiago!, y de sus tres capitanes más señalados, Padilla, Maldonado y nuestro don Juan Bravo de Mendoza, y llegaron a Villalar el 23 de abril que, sin pretenderlo, se convirtió en historia. En medio de la lluvia. La batalla contada tantas veces.

Iglesia de San Félix de Muñoveros (Segovia), donde se cree se encuentran los restos de Juan Bravo


   A la mañana siguiente, delante de la nobleza y el pueblo, para ejemplo de propios y extraños, los tres capitanes perdedores fueron decapitados. Sus cuerpos sepultados; sus cabezas expuestas en la picota; como si fuesen ladrones al uso…

   Y continúa aquella historia que abría nuestro relato:

   El recuerdo último de lo ocurrido se me va al momento en que Gonzalo tocó a las puertas y me quiero imaginar que en la casa todos entendieron que algo grave pasó. Traía los ojos encendidos, la frente sudorosa a pesar de que no apretase la calor; pegado el polvo a las barbas. El jubón con sangre seca y el caballo rendido por el cansancio de una o dos jornadas de galope sin apenas tenerse. Mi señora, con la cara sombría de quien aguarda noticias que se resisten. Gonzalo, hincado de rodillas.

   -Todo es perdido señora…

   En aquél todo es perdido, se tenía que entender que perdido era el movimiento que llevó al alzamiento en busca de no perder unos derechos que trataban de arrancar quienes de fuera llegaban a imponer leyes y costumbres a los castellanos viejos como vos lo erais, desde la primera hasta la última gota de sangre. Pero había más en aquella expresión de dolor, tras ella se encontraba la muerte.

   -Mi señor don Juan, señora…

   Con el alma en un suspiró lo miró, temiendo escuchar lo que vendría. Vuestro hermano, Gonzalo, el licenciado Bravo, gacha la cabeza, asintiendo a la evidencia que dicta el corazón.

   Prisa se dieron en degollaros. Confirmándonos que los vencedores cuando vencen no buscan justicia, sino venganza; cuando quienes os alzasteis contra la injusticia no buscabais la gracia del invasor, sino el respeto a los derechos y fueros. Parece que me suenan las palabras que dejasteis al marchar, tratando de dar cuenta de lo que os hacía organizar la confederación de caballeros:

   -… promover y conservar la libertad y sostener con todas las fuerzas los derechos del pueblo contra los desafueros, y socorrer a los hombres menesterosos…

   Nunca admití, mientras corríamos Castilla, que nos llamasen traidores. Porque vuestros apellidos los míos son, los Bravo, los Laguna, los Medrano, los Velasco, los Mendoza o Monteagudo, los que fueron antes que nos, defendiendo la causa castellana desde más allá de Soria y sus doce linajes de los que siempre fuimos. Gonzalo contó vuestra valentía. Ese mirar al verdugo de frente. 

Villalar. Obelisco en memoria de los Comuneros


   Me suena todavía la sentencia: y en pena los condenaban e condenaron a pena de muerte natural e a la confiscación de sus bienes y oficios para la cámara de sus majestades, como traidores…  Traidores, cuando fuisteis luchadores. Los bienes para la cámara de su majestad… El obispo de Oviedo se apresuró a pedir su parte, y el Condestable la suya…

   Mi señora movió a Segovia para que allá te nos llevasen, y los segovianos de corazón se movieron a traeros y sacar los huesos del Villalar en el que estaban, junto a Padilla y Maldonado, y te nos trajeron a Segovia. A los hombros por las calles os entraron y todos os seguimos y fue de ver cómo las gentes salieron a las calles, en silencio, tras el cortejo camino de la Santa Cruz en la Fuencisla, hasta que de nuevo el arrogante ganador mandó sacarte de allí a seguir camino a Muñoveros. Allá quedaron tus huesos,  a la puerta de la iglesia, que luego de darte tierra en suelo sacro nos salieron a decir que no correspondía el lugar por no morir cristiano. A vos, que os quitaron la vida por defender a los buenos cristianos de esta tierra. Aquél día, vísperas de muerte, sacudía la lluvia y se atascaba la artillería en el barro, y ese día, el que te dábamos sepultura a las puertas de la iglesia de Muñoveros, la lluvia os despedía y nos cubría cual si los cielos llorasen el desconsuelo de la falta.

   Por algún lugar de esa Segovia que salió a recibiros como a héroe para llevaros a la tumba, y os acompañó a Villalar en pro de la victoria, debió de esconderse aquel Alonso Ruiz que os prendió y llevó al Condestable como botín de guerra reclamando la parte que por teneros le correspondió. Dicen que el Alonso se quedó el sayón de terciopelo negro, y el coselete, y dicen que el verdugo, antes de quitaros la vida, reclamó lo que quedaba, que falta no os iba a hacer al otro mundo. Despojando, como despojaban a Castilla. 

Segovia. Monumento a Juan Bravo ante la iglesia de San Martín


   Hoy, viendo partir al rey emperador camino de enterrarse en vida, vuelvo a sentiros. Ha templado la mañana y, en el recuerdo, queda aquella jornada en la que perdimos la esperanza y ganamos la fuerza por mantenernos en la lucha, aún desbaratada la tropa en el campo de batalla que se tragó, entre el barro, la sangre de quienes batallaron hasta lo último de sus fuerzas. Abonando con su sangre el roble que ve crecer Castilla. El roble de cuyas ramas han de flamear los pendones de quienes batallaron y que, lejos de morir, más vivos son que nunca. Vuestra muerte dio la vida a Castilla.

   Hoy os recuerdo, como tantos otros días en los que noté vuestra ausencia. Preguntándome qué fue de aquella Castilla que se rompió con el final de la batalla; qué fue de aquella Atienza de vuestra nacencia; qué de las tierras de Soria y Guadalajara que os vieron niño... Mi señor…, vuestro pendón, ese pendón que encabezó a los hombres y os guió al Villalar de la muerte, está más vivo que nunca en la memoria. Hoy, vuestros pendones son los de Castilla. Y allá me hubieseis visto cuando el rey que os mandó a la muerte, camino de Yuste para enterrarse en vida, salía de Valladolid camino de Valdestillas y Medina, mostrándole nuestras divisas; las de los Bravo, los Laguna, los Medrano, los Velasco, los Mendoza o Monteagudo. Alguien se fijó en ellas.

Portada del libro: Juan Bravo entre Atienza y Villalar
   -Son las armas del capitán Juan Bravo –escuché.

   -Mi señor fue –le repliqué.

   Y tanto como a las de la Majestad del rey emperador las encumbraron.
  
   Seguro que, cuando a Atienza llegó la noticia de su muerte, alguien derramó, al menos, una lágrima.

Juan Bravo de Mendoza, o de Laguna, nació en Atienza (Guadalajara), hacía 1483, hijo de Gonzalo Bravo de Laguna y de María de Mendoza y Zúñiga.
Se casó en Segovia, por vez primera en 1504 con Catalina del Río, con la que tuvo tres hijos, Gonzalo, Luis y María.
Muerta Catalina contrajo un segundo matrimonio con María Coronel, sobrina de Catalina, en 1519, con quien tuvo dos hijos más, Juan y Andrea.
Fue uno de los principales capitanes de las tropas comuneras alzadas contra Carlos I, por lo que fue condenado a muerte en Villalar (Valladolid) el 24 de abril de 1521, y a perder todos sus bienes.
Su hermano, Gonzalo Bravo de Lagunas, “el Licenciado Bravo”, nacido en Atienza en 1484 u 85, juzgado como “alcalde de las comunidades”, fue igualmente condenado a perder todos sus bienes.

Del Libro: “Juan Bravo. Entre Atienza y Villalar”.